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sábado, 6 de agosto de 2016

Conversaciones de la maestra con la joven Mara II




  • Maestra, tú que conociste a Mara, ¿por qué crees que siempre eligió los caminos más difíciles?

  • Una vez también se lo pregunté. Estábamos sentadas al borde del Gran Lago, en las montañas sagradas del País del Noroeste. Amanecía. Habíamos pasado toda la noche practicando la vigilia consciente. Su rostro estaba iluminado y en paz.

La Maestra respiró profundo, como si pudiera ver en ese mismo instante a Mara. El fuego crepitó con más fuerza y saltó un trozo de madera entre las cenizas.

  • Te miraba y sabías que todo tenía una nueva oportunidad. En sus ojos no había fin. Ni principio. Solo el infinito.

La alumna sonrió y miró fijamente a la maestra.

  • Eso me pasa a mí contigo, maestra -dijo la alumna y bajó tímida la mirada.

  • ¿Sabes? No era muy diferente de ti o de mí. Nació con el don de dar paz.

Un jarrón cayó de la repisa de la chimenea rompiéndose en pedazos. La alumna se sobresaltó. La maestra cogió un trozo de la loza rota y lo guardó en su mano derecha.

  • Como tú – dijo la maestra tendiéndole el trozo de loza a la alumna.

  • Como tú – dijo la alumna aceptando el trozo de loza de la maestra.

La alumna miró el trozo de loza y le pareció que tenía forma de medio corazón. Miró el resto de pedazos esparcidos por el suelo en busca de la otra mitad. De pronto, lo encontró. Juntó ambas partes y se las entregó a su maestra que sonriente volvió a aceptar los trozos de loza.

  • Pero, maestra, no has respondido a mi pregunta.

  • Ah, sí, ¿por qué Mara siempre elegía los caminos más difíciles? Es muy sencillo, querida niña, no sabía caminar de otro modo. Para ella lo difícil siempre fue fácil.


    Playa de la Mar Bella. 2 de agosto de 2016
    Mara Laura

domingo, 15 de mayo de 2016

Conversaciones de la maestra con la joven Mara




  • Maestra, pero si todo el mundo está contaminado, ¿cómo evitaré yo la contaminación?
  • Confianza en tus pies, en tus manos y en tu corazón. El resto no forma parte de tu camino.
  • Iré – dijo con firmeza la joven Mara mientras cogía una fruta del cesto y a continuación le daba un mordisco.
  • No, no irás, querida, ya has llegado. Ya estás.
  • Pensaba que el viaje no había comenzado y que tendría al menos unos días para meditar. Para prepararme.
  • Ahora lo que necesitas, joven Mara, es descansar y disfrutar de este paisaje hermoso que nos acoge.

A través de la ventana de la cabaña, las dos mujeres, veían resbalar las gotas de lluvia sobre el cristal. La joven Mara acabó su fruta y poco a poco fue cayendo en un sueño reparador. La maestra se levantó de la mecedora y abrió la ventana. Una corriente de viento del Este inundó la estancia y golpeó los objetos. Sobresaltada, la joven Mara, se despertó.

  • ¿Qué ocurre?
  • Es el viento del Este, joven Mara, él te acompañará. Debes aprender a recibirlo y a escucharlo pues el viento es amo y señor de sí mismo. Quizás puedas influir en el discurso del fuego o del agua o de la tierra, pero jamás harás nada que el viento no quiera. Y ahora vuelve a dormirte - dijo la maestra cerrando la ventana.

Al cabo de unas horas, un fuerte olor a sopa caliente inundaba la estancia. Mara y su maestra se reunieron alrededor de dos platos humeantes y comieron en silencio. A la mañana siguiente, había dejado de llover y las montañas ofrecían sus laderas verdes y brillantes a los rebaños de los pastores.

Cuentan los biógrafos de Mara Truth que nunca supo quién era en verdad su maestra y que lo más importante que le enseñó en aquellos días fue a escuchar la verdad y a confiar en el rugir del viento. Tiempo después, todos los vientos estarían con ella en los momentos cruciales de la humanidad que todos conocéis.

Santa Coloma de Gnet, 15 de mayo de 2016

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Diálogos de iniciación Mara Truth



  • ¿Cómo empezó la guerra, maestra?
  • A ciencia cierta nadie sabe qué pasó, qué acontecimiento fue el detonante. Existen tantas leyendas, tantas causas, querida Mara...
  • Ya, pero tú eres mi maestra. Mi guía. La que sabe. Tú debes conocer el origen. Seguro que tienes tu propia visión. Por favor, compártela conmigo, te lo ruego.
  • Cuentan los que recuerdan que durante un tiempo, la tierra vivió una época de gran esperanza. Los pueblos empezaron a ser gobernados por gentes que tenían grandes valores y una ética elevada que se puso en práctica con coherencia. Las gentes recuperaron la confianza en sus líderes, en la humanidad y en la solidaridad. Sin embargo, no calcularon la diversidad como variable y la auténtica capacidad para sostener la bondad. La bondad, querida Mara, es un elisir alquímico que puede convertirse en veneno para quien no sabe cómo recibirla después de emitirla. Pues ahora sabemos que no es cuestión de que el ser humano sea bueno o malo, sino de que sea capaz de sostener la acción bondadosa sin que ello le revuelva el corazón para el lado oscuro de su fuerza. Los utópicos no calcularon el grado del mal que hay que permitir para que la sensación de perfección no despierte al monstruo. Muy pocos seres son absolutos en la piedad y la compasión. Creo que éste fue el inicio. Creímos que podíamos alcanzar una perfección ingenua, total, para todos los seres humanos. Nos equivocamos.
  • ¿Quieres decir que el ser humano alcanzó en cierta medida la utopía y eso le llevó al desastre?
  • Olvidamos que utopía es la canción del lobo que aúlla a la luna en las noches oscuras de invierno. Olvidamos reconocer que no todos somos monjes, que no todos somos vestales, que no todos somos banderas blancas. Olvidamos reconocer nuestra humanidad salvaje, olvidamos a los guerreros, olvidamos a los asesinos, a los ladrones, a los mezquinos, a los malignos, olvidamos que estamos al servicio de algo tan simple y tan sencillo como la vida en su más amplia gama de posibilidades, todas, incluido el mal. Nos creímos invencibles y de nuevo brotó la desolación.
  • Ahora, sin embargo, maestra, la esperanza se filtra de nuevo. Ha pasado el tiempo y tras la devastación las gentes vuelven a bajar a los ríos y vuelven a ver reflejado su rostro en el caudal.
  • Lo importante, querida Mara, es que todo siempre tenga una nueva oportunidad de comenzar.

Mara continuó juntando piedras en montones cual montañas alrededor de la maestra, de manera que cuando acabó, tocado ya el crepúsculo, la maestra se levantó y no supo salir de entre la muralla que Mara había construído a su alrededor.

  • Maestra, por favor, derríbala.
  • Gracias, querida Mara. Lo necesito. Te felicito, es una construcción perfecta, puede derribarse, si se precisa.

Las piedras se precipitaron al caos del suelo con la naturalidad que se deconstruye la tierra cuando abre paso a sus peregrinos. Maestra y alumna caminaron hacia la aldea. Al entrar por la ermita, Mara se acercó a beber de la fuente.

  • ¿Sabes una cosa, maestra? En todos estos días que han durado tus enseñanzas de la memoria, me obsesionaba con abandonar una idea,  pero ahora sé que debo abrazarla.
  • ¿A qué te refieres?
  • Me veo siempre a mí misma como una guerrera, maestra, y eso antes no me gustaba. Pero ahora, voy a acogerla.
  • Recuerda siempre entonces que tu inteligencia, tu humanidad y tu coraje se manifestarán siempre en el reflejo de tu apariencia personal, en tu forma de hablar y en la caligrafía de tus versos.
  • Lo recordaré, maestra.
  • Descubre a quién sirves y dale tu lealtad hasta el final de tus días.

Maestra y alumna entraron en la casa iluminada por las sombras y durmieron durante tres días y tres noches. En la cuarta mañana, Mara se levantó hambrienta y feliz. A su lado una carta de su maestra.

  • Querida Mara, ya sabes lo imprescindible. Ahora, emprende la senda y entrégate como solo tú sabrás hacer.

Mara salió corriendo a mirar por la ventana soleada. A lo lejos una figura difusa caminaba hacia la aldea. Supo en ese momento que era hora de partir. Venían a buscarla.



Santa Coloma de Gnet, 30 de diciembre de 2015.
Laura Freijo Justo / Paula Mocinho Novoa 

viernes, 9 de octubre de 2015

Parábola del equipo perfecto




Mara.- Maestra, ¿crees que algún día llegaré a ser poeta como vos?

Maestra.- Niña Mara, tú ya eres poeta. Cada cosa que haces posee la belleza de la poesía y el abrazo del consuelo.

Mara.- Ya, pero me refiero al arte de escribir versos, de componer poemas, que la gente escuche y lea y recuerde y resuenen en sus adentros. Como haces tú por los pueblos.

Maestra.- Claro que sí, pequeña Mara. El don siempre acude a aquel que lo pide.

Mara.- ¿Y crees que mi poesía logrará alcanzar la conciencia de las gentes? ¿Contribuir de algún modo a una paz sincera sin mezquindad?

Maestra.- Seguro, dulce Mara.

Mara.- A veces me veo atrapada en la frontera de la palabra y tengo muchas dudas. Dudo tanto, maestra.

Silencio. El agua de la orilla sigue mojando los pies de la Maestra y de la joven Mara.

Mara.- ¿Para qué sirve el arte, maestra?

Maestra.- Para mojar los pies y que puedan seguir caminando después de un buen refrigerio.

Mara sonríe.

Maestra.- El arte es el equipo perfecto: lo que somos y adónde nos dirigimos. Lo que fuimos y lo que, de un modo u otro, permanecerá cuando nos hayamos ido.

Mara.- Es triste, maestra.

Maestra.- Querida niña, no es triste, solo es efímero. Como todo lo que importa en esta vida. Como esa espuma que acaba de mojarnos otra vez los pies.


Foto Gertrudis Losada 2012

viernes, 2 de octubre de 2015

Parabóla sobre el águila y el salmón



La Maestra y su alumna estaban sentadas a la orilla del río cuya agua corría fresca hacia el mar.
- ¡Maestra, maestra, acabo de tener una visión!
- ¿Y qué has visto, querida niña?
- He visto peces de diferentes colores nadando río arriba con mucha alegría a pesar de que algunos chocaban contra las rocas.
- Qué linda imagen, Mara.
- Pero no entiendo el sentido verdadero -añadió la joven Mara, de pronto entristecida ante su dificultad para leer lo invisible.
- ¿Por qué te entristeces? Una a veces no puede explicar el sentido último de las visiones como absurdo es también intentar explicar el significado del vuelo del águila.
Aquella noche, la joven Mara tuvo un sueño inquietante, un águila cazaba uno de los peces de colores y se lo daba a comer a sus crías. Mara se despertó sobresaltada. La Maestra corrió a consolarla.
- ¿Las crías del águila se han comido un pez de colores? - Mara asintió a la pregunta de la maestra mientras se aferraba a sus brazos. En la naturaleza de tu corazón, se halla tu mayor bien, Mara, sin embargo, en el temor de tu razón se haya tu prudencia - le dijo la Maestra cuando Mara se rindía de nuevo al sueño.
Al despertar, Mara encontró el diccionario abierto por la palabra 'Salmón' con una nota de su maestra que rezaba 'no permitas que el águila del miedo se coma tu sabiduría natural'.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Breve parábola sobre la verdad





- Maestra, ¿hasta qué punto soy responsable de mi palabra y obra si quizás en muchos momentos vivo sin pensar, inconsciente?

- Querida Mara, qué bien que hayas alcanzado la libertad máxima que es el vivir libre en la vibración espontánea, el único modo en el que el SER es sin juicio.

- Pero, ¿no estaré siendo irresponsable en mi proceder? ¿O egoista?

- Querida niña, la verdad puede esconderse a propósito, pero siempre que el SER aflore la VERDAD emerge. Y la VERDAD, sea del signo que sea, es imprescindible para el VIVIR y el CONVIVIR.

La maestra hizo una pausa, contempló el cielo unos segundos, sonrió complacida y añadió:

- Y para el morir.

Al cabo de unos días, encontraron el cuerpo inánime de la maestra al lado de la roca en la que impartía sus enseñanzas.

jueves, 9 de julio de 2015

La semilla



La primera vez que Mara Truth salió al mundo a difundir su palabra, no ganó dinero. Tampoco fue escuchada por mucha gente. Corrían tiempos difíciles, como todos los tiempos humanos, pues el progreso hace más fácil lo material pero nunca impide la natural insatisfacción de las personas que pertinazmente se empeñan en entrar en conflicto por cosas que no tienen tanta importancia. Eran los primeros años convulsos del tercer milenio cristiano.
En esos años a Mara le había tocado enfrentarse varias veces a la locura heredada de su familia paterna y finalmente a la muerte inesperada de su padre. Su engendrador, el semillero primigenio, el palo al que se había enfrentado toda su vida y que ahora solo sería un recuerdo espiritual. La tristeza de la pérdida acompañada por las nuevas incertidumbres del camino que de nuevo variaban la tendencia de su vocación, hacía que Mara se despertara cada día a la espera de una señal inequívoca que la guiara. Lo que Mara no sabía todavía y descubriría bastantes años más tarde es que tan importante es el descanso después de la iluminación como la propia iluminación en sí.
En aquel antro del casco antiguo donde desfilaban distintos jóvenes expresándose sin demasiado talento, esperaba sin ganas su turno para convencer a aquel público extraño que volvieran al día siguiente a escuchar su palabra. La programadora se dio cuenta de que Mara llevaba sentada en uno de los sofás laterales estoicamente más de hora y media para salir a decir tres o cuatro poemas. La propia Mara no sabía qué hacía allí. Solo esperaba. Mientras un larguirucho presentador intentaba encontrarle un atril, Mara ya en el escenario, inició el recitado con un poema rabioso en el que confesaba sus flaquezas contemporáneas. Luego dio paso a tres o cuatro breves chascarrillos que sabía que funcionaban por su ingenio y finalmente les dedicó a las chicas y a la parte femenina de los chicos las 'Últimas palabras de la madre de Mara Truth'. Las palabras fluían desde el corazón como invocación, no desde el papel, y mientras aquellos ojos múltiples la contemplaban desde la penumbra, algo se movía en su interior. Quizás esa interminable espera había tenido como cometido recuperar en solitario ese poema que otrora había compartido con sus compañeras.
Al día siguiente, con un repertorio que cubría de manera desigual los últimos tres años, realizó todo el viaje con la falsa pereza que es a veces la tristeza profunda. Ocho personas que acabaron siendo seis llegaron hasta el final, pero algo extraordinario se produjo en la lejanía donde los dioses reverberan los actos esenciales. Al fin Mara Truth se había atrevido a dar su palabra a la gente y esas seis personas la habían acompañado con la escucha ávida de camino. Bebió y comió gracias a la generosidad de la camarera de origen brasileño que tiempo atrás había sido monja carmelita durante once años, se produjo un círculo pequeño de gracia entre dos hombres y dos mujeres y luego conoció al hombre de la grieta. 
De regreso a casa con su compañera de viaje, en el trayecto del subterráneo metro, una pequeña satisfacción se había instalado en su pecho. Quizás su padre, al que jamás en vida le había dedicado nada, desde el otro lado, también había podido escuchar sus palabras.
En la sesión con su terapeuta, Mara Truth, reconoció la profunda tristeza que albergaba, su vocación de poner al servicio de una obra su talento, la rendición al momento que vivía y la aceptación de su vida tal como la estaba viviendo.

- Cuando era joven siempre me angustió pensar que si me moría de repente no me iba a dar tiempo a hacer todo lo que quería y sentía que podía hacer, ahora podría morirme hoy mismo porque la semilla que tenía que plantar sé que ya la he plantado – le confesó Mara a su terapeuta aquella mañana de miércoles, día de su natalicio.

- Repite eso – le pidió su terapeuta.

- Podría morirme hoy mismo porque la semilla que tenía que plantar sé que ya la he plantado.

Mara nunca supo en qué lugar abonó su semilla, pero su tallo sigue creciendo y nuevos campos siguen germinándose con aquella semilla hoy multiplicada.

(*) Foto de Josep Martí.