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jueves, 13 de junio de 2013

Nuevas pistas sobre la vida de Mara




Todos los estudiosos de la genealogía de Mara coinciden en una cosa: desde niña mostró una particular visión del mundo, las gentes y los enseres que la rodeaban, pues no siempre empatizó con los seres vivos, y mucho menos con los seres humanos.
A la edad de 5 años disparaba escopetas de perdigones contra ranas, sapos y gorriones durante las horas cansinas de la siesta, y en más de una ocasión realizó operaciones en vivo a saltamontes y moscas despojándolos de sus alas. Y en su afán por hacer volar a pollitos recién nacidos, los lanzaba al aire para provocar una reacción de vuelo que nunca llegaba.
- ¡Se acabaron las excursiones a las jaulas! ¡Ni uno más, Mara, que los torturas! ¿No ves que son seres vivos? -le amenazaba su madre ante los cadáveres reventados de los pollitos en el suelo. Sin embargo, lloraba a moco tendido cada vez que veía a su tío ahogar una nueva camada de gatitos en el pozo o a su abuela sacrificando un conejo para el arroz.
La primera vez que Mara empezó a adquirir conciencia del dolor humano fue la Navidad en que la dejaron asistir a una matanza del cerdo. Los gritos desesperados del animal mientras le clavaban el cuchillo en la garganta para desangrarlo, la retrotrajeron a épocas en las que había vivido con anterioridad. Aguaceros de imágenes caían por su memoria como si hubiera sido cientos y cientos de hombres y mujeres con anterioridad. Fue la compasión hacia ella misma, hacia todos y todas las que había ido siendo en el tránsito del tiempo y el espacio de la historia, la que inició el camino que más tarde habría de llevarla a cumplir los hechos que todos y todas conocemos.
En su lecho de muerte, siendo ya Mara una anciana con apenas memoria, un periodista que se había desplazado a su pueblo le preguntó aprovechando una de sus últimas consciencias:
- ¿Cree usted que la raza humana aún puede salvarse?
- Ojalá, pero me conformaría con que la tierra perdurara y nos sobreviviera y algo en ella conservara la memoria de algunas de las cosas que hicimos bien.
En ese instante, un gran rayo de luz eléctrica cayó sobre el pararayos de la Iglesia del pueblo de Mara y la anciana se levantó como si fuera una ágil jovenzuela, fue hasta el corredor de la casa de sus antepasados y mientras abría las ventanas sintió un profundo alivio, una profunda sensación de arraigo hacia la vida que había llevado en su última salida al mundo.
Cuentan las gentes que asistieron a su sepelio que su rostro representaba la paz con la que había dejado de ser Mara aquella noche de tormenta y purificación. 
Ahora queda su recuerdo, su legado, las cosas que hizo y que nos demostraron que aunque no hay avance siempre hay continuidad, herencia, puertas y salidas. Que después de ella quedamos nosotras. Que siempre somos otras, otras, otras, otras... parte de una misma.

Foto de Paula Mocinho. La Sala, noviembre 2012.