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sábado, 20 de julio de 2013

Las Maras vengadoras



Los días que siguieron a la muerte de Mara se abrieron los cielos en preñados rayos y las puertas comunicantes ofrecieron incesantes imágenes del horror vertido por el ser humano en todos los tiempos, el Tiempo. Quiso la Tierra despertar la ira y la justicia de Mara en la tristeza de su ausencia y fue así como se levantaron desde todos los rincones del mundo miles y miles de Maras con sed de venganza. En sus sienes latían los casos de maldad, crueldad y sadismo humanos y en su corazón hervía la semilla de la limpieza del mal. Su sed era la sed de siglos amamantados por la sequedad de la ignominia del hombre.
Como los ríos en las montañas, como las venas en la piel, como las raíces hacia el núcleo de la tierra, como las gotas de agua en los pétalos de las flores, así todas las Maras se fueron reuniendo en su caminar. Primero de a pocas, luego en manadas y al final como ejércitos de luz estridente y mortal. Aún hoy, la historia después de Mara las recuerda como el ejército más temido de todos los contemplados por el hombre. Aún hoy ese capítulo oscuro del mundo recién renacido huele al rastro de sangre culpable que dejaron. Algunos aún pueden verlas aparecer en el horizonte con sus dagas afiladas, sus machetes brillantes, sus pistolas recargadas de furia y balas de plata. La mirada perdida en el vidrio de la noche, manos con nervadura de hierro, piernas elásticas preparadas para la contracción, la carrera y la confrontación directa, dientes apretados a las mandíbulas y garras de animal herido invitando al silencio eterno. En su pecho la inocencia del espíritu clamando por las víctimas de todas las guerras, de todas las violaciones, de todas las torturas, de todas las agresiones, de todas las innombrables humillaciones que el hombre ha infligido en nombre de las ideas más lícitas y de las más injustificables.
Las Maras asesinas decapitaron, trocearon, desmembraron, tirotearon, descuartizaron y esparcieron todos los cuerpos culpables por las calles, las avenidas, los pueblos y las ciudades donde se escondían los verdugos. Regaron de sangre, bilis, meados y mierda cobardes las puertas de sus casas, sus lujosas mansiones, sus oscuras grutas, sus refugios subterráneos. Los sacaron como comadrejas de sus escondites y los expusieron al sol para el escarnio público. Se abstuvieron, no obstante, de condenar a aquellas mujeres u hombres que ignoraban la labor criminal de sus cónyuges. Tampoco ejecutaron a su prole. Sin embargo, todas las ejecuciones fueron realizadas ante la mirada y la presencia de sus seres queridos. Todas las familias de los verdugos vieron cómo morían sus progenitores, sus mujeres, sus maridos a manos de las Maras vengadoras: era imprescindible un castigo ejemplar. Aun a riesgo de provocar una guerra sin fin entre mundos y tiempos, todas las Maras persiguieron hasta el final de su cometido a todo aquel o aquella responsable de crímenes contra la humanidad y jamás traslució en ninguno de sus gestos cualquier atisbo de piedad, arrepentimiento o compasión.
Nadie sabe a ciencia cierta cuántos años duró la justicia de las Maras en las tierras del Norte. Tampoco cuántos años fueron necesarios para las tierras del Sur, el Este y el Oeste. Muchos soles secaron la sangre de la Tierra. Muchas lluvias limpiaron la Tierra de la sangre vertida. Una vez acabada la misión, las Maras se retiraron a orar durante un largo período que solo la Tierra recuerda en sus adentros. Se cuenta que algunas no pudieron sostener las lágrimas negras de sus almas y se suicidaron durante las primeras lunas. El resto, renovadas por la letanía del perdón, regresaron a sus hogares donde algunos de sus hijos y algunas de sus parejas ya las habían sustituido. Otros, otras no las reconocieron y algunos, algunas las rechazaban por asesinas. Pero nunca nunca ninguna Mara se volvió para mirar atrás. Todas, vivas y muertas, sabían que un amanecer de esperanza vendría a volcar su luz y su sombra en cualquier hora rara de un día cuyo despertar está próximo y una nueva Mara nacerá.
Según la profecía, Mara volverá el día en que las Maras asesinas hayan desaparecido del mundo, cuando ya no sean necesarias para velar por la llama de la inocencia en el ser humano.