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domingo, 25 de agosto de 2013

Mariposa blanca sobre piedra Mara




A Mara siempre le gustaron los juegos. La acción con alguna finalidad. Y solo pasados los años y alcanzada la edad adulta, comprendió el poder del camino hecho con los pies sobre la tierra. Si bien le fascinaba el poder infinito de las aguas del mar, su ovillo interior siempre permaneció fiel a las montañas más abruptas y pedregosas de los territorios pobres de sus orígenes familiares.
Una mañana de diciembre, abrió las ventanas de su habitación y cuando se disponía a escribir el sueño de la noche en sus páginas personales, un rayo de sol iluminó un rincón de su estancia proyectando sobre una piedra que le regalara su padre antes de morir un efecto curioso, pues sobre su relieve le pareció ver el dibujo de una mariposa blanca. Inmediatamente discurrieron sobre su memoria todas las secuencias entrecortadas de los restos del sueño.

-No, nuestra herencia de adn no sobrepasa el 2%, el resto es herencia de otro tipo -se vio rectificando a una prima suya que le hablaba de una enfermedad contraída por otro familiar próximo.

Por aquel entonces, Mara no tenía demasiado claro su destino, por todos bien conocido hoy en día. Y a pesar de que se cuenta que siempre lo supo, lo cierto es que nunca dejó de ser una mujer hija de la incertidumbre, el cansancio y la fe, tal como muestran sus diarios personales constantemente. Sin embargo, y así lo leí escrito de su puño y letra, una caligrafía laboriosa con una leve inclinación hacia la derecha, aquella mañana de diciembre Mara Truth supo que tenía que visitar la tumba de su bisabuelo para decirle algo que todavía ignoraba. Y supo también que debía ir caminando pues así se lo pedía su alma.
Uno de los sueños recurrentes de Mara Truth en aquellos días donde la experiencia empieza a hacer poso y sin embargo todavía se cuenta con la fuerza de la juventud, era la despedida de un hombre con el pelo largo enmarañado de una mujer extremadamente delgada y con profundas ojeras a la puerta de una casa de piedra. El hombre debía ir a la guerra y prometía volver antes de que naciera el hijo que esperaban. Sin embargo, al regresar el hombre, manchado de barro, cenizas y sangre, encontraba la puerta de su casa abierta, el niño llorando y la mujer tendida en el suelo muerta y con los ojos abiertos. El hombre enloquecía de dolor y abandonaba el hogar para vagar por el territorio en busca del culpable de su desdicha.
Cuando Mara Truth alcanzó el castillo que dominaba las tierras de sus antepasados, contempló extasiada el enorme océano de montañas que a ambos lados de la carretera se extendían. Entró en una cafetería, pidió un agua y se cambió las deportivas por unas chanclas abiertas. Las ampollas y las rozaduras eran los testigos de su aventura. Aprovechó para pedir referencias de alguna pensión y el camarero joven que no sabía de transportes públicos, le recomendó una posada reformada de módico precio. Allí haría una alto antes de encarar el tramo final hacia el cementerio.
Cerca de la mañana, regresó el sueño del hombre de pelo largo enmarañado. Su risa estruendosa mostraba los huecos de varias piezas dentales y una mano intentaba contener una herida enorme que le dejaba al descubierto las tripas.

- ¡Lo he matado! ¡Lo he matado! - gritaba.
- ¿A quién? - le preguntó Mara
- A él, a su asesino, el Conde. La abandoné, por eso murió.

Entonces Mara se despertó sobresaltada por el rumor del llanto de un niño. Al bajar al pequeño comedor de la pensión, saludó a una joven pareja con un niño de unos meses que desayunaban mientras miraban en un mapa el recorrido que les esperaba ese día. Mara tomó un café con leche y comió un pequeño bocadillo de jamón serrano y salió de nuevo al camino.
Alcanzó el cementerio de su bisabuelo cuando el sol estaba en lo alto de los montes del Noroeste. No pudo encontrar la lápida con su nombre ni con sus fechas de nacimiento y muerte, pero como impelida por una voz interior no manifiesta, caminó y caminó durante mucho rato por entre todas las cruces y nombres del cementerio con una única letanía fija en su pecho:

- Descansa en paz, ya, padre, descansa en paz ya, padre, descansa en paz ya, padre...

Mara sabía que aquel responso no lo estaba diciendo ella pero también sabía que solo ella podía realizarlo hasta el final, pues para eso había sido llamada y para eso había acudido a la llamada. Nunca supo cuánto tiempo transcurrió hasta que su cuerpo y su corazón dejaron de latir con ese deseo ajeno, solo recordaría años más tarde un golpe de viento caliente que la despertó de su estado letárgico y le anunció el final de un penar.
Al regresar a la pensión, cogió la carta de amor que siempre llevaba consigo, subió a lo alto del castillo, la rompió en pedacitos y la lanzó a las montañas. Aligerada de peso, contempló complacida cómo el viento alejaba los pedacitos de papel.