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jueves, 9 de julio de 2015

La semilla



La primera vez que Mara Truth salió al mundo a difundir su palabra, no ganó dinero. Tampoco fue escuchada por mucha gente. Corrían tiempos difíciles, como todos los tiempos humanos, pues el progreso hace más fácil lo material pero nunca impide la natural insatisfacción de las personas que pertinazmente se empeñan en entrar en conflicto por cosas que no tienen tanta importancia. Eran los primeros años convulsos del tercer milenio cristiano.
En esos años a Mara le había tocado enfrentarse varias veces a la locura heredada de su familia paterna y finalmente a la muerte inesperada de su padre. Su engendrador, el semillero primigenio, el palo al que se había enfrentado toda su vida y que ahora solo sería un recuerdo espiritual. La tristeza de la pérdida acompañada por las nuevas incertidumbres del camino que de nuevo variaban la tendencia de su vocación, hacía que Mara se despertara cada día a la espera de una señal inequívoca que la guiara. Lo que Mara no sabía todavía y descubriría bastantes años más tarde es que tan importante es el descanso después de la iluminación como la propia iluminación en sí.
En aquel antro del casco antiguo donde desfilaban distintos jóvenes expresándose sin demasiado talento, esperaba sin ganas su turno para convencer a aquel público extraño que volvieran al día siguiente a escuchar su palabra. La programadora se dio cuenta de que Mara llevaba sentada en uno de los sofás laterales estoicamente más de hora y media para salir a decir tres o cuatro poemas. La propia Mara no sabía qué hacía allí. Solo esperaba. Mientras un larguirucho presentador intentaba encontrarle un atril, Mara ya en el escenario, inició el recitado con un poema rabioso en el que confesaba sus flaquezas contemporáneas. Luego dio paso a tres o cuatro breves chascarrillos que sabía que funcionaban por su ingenio y finalmente les dedicó a las chicas y a la parte femenina de los chicos las 'Últimas palabras de la madre de Mara Truth'. Las palabras fluían desde el corazón como invocación, no desde el papel, y mientras aquellos ojos múltiples la contemplaban desde la penumbra, algo se movía en su interior. Quizás esa interminable espera había tenido como cometido recuperar en solitario ese poema que otrora había compartido con sus compañeras.
Al día siguiente, con un repertorio que cubría de manera desigual los últimos tres años, realizó todo el viaje con la falsa pereza que es a veces la tristeza profunda. Ocho personas que acabaron siendo seis llegaron hasta el final, pero algo extraordinario se produjo en la lejanía donde los dioses reverberan los actos esenciales. Al fin Mara Truth se había atrevido a dar su palabra a la gente y esas seis personas la habían acompañado con la escucha ávida de camino. Bebió y comió gracias a la generosidad de la camarera de origen brasileño que tiempo atrás había sido monja carmelita durante once años, se produjo un círculo pequeño de gracia entre dos hombres y dos mujeres y luego conoció al hombre de la grieta. 
De regreso a casa con su compañera de viaje, en el trayecto del subterráneo metro, una pequeña satisfacción se había instalado en su pecho. Quizás su padre, al que jamás en vida le había dedicado nada, desde el otro lado, también había podido escuchar sus palabras.
En la sesión con su terapeuta, Mara Truth, reconoció la profunda tristeza que albergaba, su vocación de poner al servicio de una obra su talento, la rendición al momento que vivía y la aceptación de su vida tal como la estaba viviendo.

- Cuando era joven siempre me angustió pensar que si me moría de repente no me iba a dar tiempo a hacer todo lo que quería y sentía que podía hacer, ahora podría morirme hoy mismo porque la semilla que tenía que plantar sé que ya la he plantado – le confesó Mara a su terapeuta aquella mañana de miércoles, día de su natalicio.

- Repite eso – le pidió su terapeuta.

- Podría morirme hoy mismo porque la semilla que tenía que plantar sé que ya la he plantado.

Mara nunca supo en qué lugar abonó su semilla, pero su tallo sigue creciendo y nuevos campos siguen germinándose con aquella semilla hoy multiplicada.

(*) Foto de Josep Martí.